La acechanza planetaria: el origen

¿Es posible sostener la vida a largo plazo y por consiguiente la salud del planeta?, ¿Cuáles son las amenazas reales que se ciernen sobre el globo terráqueo?, ¿Cuáles son los orígenes de las acechanzas que tienen en jaque el futuro de la especie?

El primero de dos artículos sobre la acechanza planetaria, ofrece una enumeración de las principales causas identificadas. En la siguiente entrega abordaremos los efectos derivados de la degradación terrestre. La salvación del planeta demanda voluntad política universal, planificación de un esfuerzo civilizatorio conjunto y acción coordinada de toda la especie.

El punto de partida, la conciencia mayoritaria de una humanidad movilizada y resuelta a evitar su extinción, como consecuencia del extractivismo y frenesí productivo que, desde los albores de la revolución industrial, acelera su ritmo.

Las huellas del hombre aparecen esparcidas por toda la escena de los continuos crímenes de agresión, ultraje, trato hostil y lento asesinato de la Pachamama.

La estela de daños a la biósfera que va dejando a su paso nuestra especie no es menospreciable ni pasa desapercibida. Hemos comprometido los equilibrios de la unidad ecológica al poner en riesgo la vida de plantas y animales y deteriorar sus componentes abióticos (suelo, aire y agua).

En esta primera entrega haremos una rápida y breve mención de las actividades humanas que han contribuido al deterioro ambiental:

La incesante y creciente polución industrial; el vertimiento químico de residuos contaminantes sin tratamiento alguno; la quema de combustibles fósiles para fines energéticos; la ingente concentración de basura marina y el envenenamiento de océanos, lagos y ríos; la erosión y contaminación de los suelos por uso de agroquímicos, materiales tóxicos y por la expansión de las fronteras agrícolas; las emisiones del transporte basado en motores de combustión interna tanto en vehículos aéreos, terrestres como marinos; la tala indiscriminada y no controlada; la deforestación persistente de zonas vulnerables como cuencas de ríos y selvas ricas en biodiversidad; la sobreexplotación pesquera y la colosal cacería de animales llevados al límite de su extinción.

También los usos inapropiados y no planificados de los suelos; la ganadería extensiva y agricultura intensivas, la quema de praderas y la sustitución de bosques por pastizales; el incremento continuo de la producción de basura y la incorrecta disposición de los desechos; la sobrepoblación, la expansión de las ciudades convertidas en megalópolis desenfrenadas que retienen el calor de la radiación solar y restringe la circulación del viento; la voraz demanda de materiales de construcción; la sobreexplotación y consumo excesivo de recursos no renovables; la minería no controlada; el deterioro de hábitats naturales como consecuencias de represas u otras infraestructuras; la difusa y extendida contaminación radioactiva, sónica, lumínica, térmica y por desechos electrónicos en el planeta, la atmósfera y su espacio circundante.

Por Haiman El Troudi

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